Un hecho llamativo en el medio social es el deseo de construir supuestos
problemas de conducta de los hijos a partir de su posición
en la familia por orden de nacimiento.
Se ha agudizado esta creencia al punto de sindicar de conflictivo
y traumático al primogénito por ser primero, a los
“benjamines” por ser los últimos y a los hijos
del medio por eso mismo.
Las consecuencias son tragicómicas quedando todos los niños
rotulados sistemáticamente (“no se salva nadie”).
Bajo este presunto chiste se encuentra en juego la calidad y cantidad
de vínculos entre padres e hijos y entre hermanos. Reducir
la riqueza del contacto fraterno a un simple lugar en una escala
temporal, es perderse la mejor parte de la vida cotidiana de los
hijos.
Siempre se ha pensado en el enfrentamiento y la rivalidad como el
vínculo fundamental entre dos hijos de la misma familia (“los
hijos nacen enemigos”... Baudin). El mito bíblico de
Caín confirma esta creencia. De esta idea muy discutible,
surgen conductas paternas destinadas a reducir o amortiguar el supuesto
odio fraterno. Increíbles esfuerzos se producen por parte
de los padres para ser absolutamente equitativos y justos en el
presunto “reparto de amor”. Su imaginaria balanza familiar
trata de equilibrar varios platillos al mismo tiempo, en una homeostasis
tan precaria ,que nunca se consigue.
Se cruza aquí la idea de la absoluta igualdad de todos los
hijos frente a sus padres. Desde el derecho esta ponencia es correcta,
pero la realidad indica lo opuesto. Nada más distinto que
dos hermanos. Las diferencias históricas mínimas se
convierten por el crecimiento y desarrollo en grandes y progresivos
contrastes. Por ello, cada hijo necesita en distintos momentos distintas
respuestas.
Los padres depositan en cada hijo sus propias vivencias infantiles
y reeditan su propia historia, con todo el deseo de corregirla y
mejorarla. Aquí aparecen situaciones como “mejor que
tenga un hermano, así no se siente solo como me sentía
yo... “. Es difícil para un padre aceptar lo distinto
que es su hijo de él mismo.
Es necesario analizar la imagen del amor paterno basada en el derecho
de propiedad como una torta a distribuir con límites precisos.
Pero los sentimientos humanos carecen de fronteras estrictas y cada
hijo despierta una nueva fuente de cariño distinta de todas
las demás.
El temor al “agotamiento del amor” es una impresión
subjetiva anclada en la duda y la culpa de no ser un “padre
perfecto”.
La principal preocupación de los padres es el evitar las
peleas y discusiones entre sus hijos. Paradójicamente para
llevar esta finalidad hasta su última instancia terminan
peleando y discutiendo entre sí y con los chicos. Los niños
“pescan al vuelo” esta situación y la utilizan
como su arma favorita (“vos no me querés...!”
“a él lo querés más, porque es más
........!”). Los chicos pueden provocar enfrentamientos con
sus hermanos para darse el gusto (y el poder) detener a sus padres
arrinconados contra su propia culpa.
La presencia de los celos fraternos puede tener fundamento o no,
pero no lo necesita. Los modelos de relación de los niños
para con sus hermanos son los arquetipos del vínculo madre
– hijo o madre – padre.
Calcar estos modelos es lo habitual. En el contacto entre hermanos,
los padres tienen un espejo donde mirar sus propias conductas actuales
o pasadas. No siempre el espejo devuelve una imagen clara y aceptable,
provocando el rechazo de los adultos y su lucha por suprimir lo
indeseable. La preferencias paternas siempre se vuelcan sobre el
hijo más identificado con sus deseos.
Es evidente la influencia de situaciones multiplicadoras de la problemática
normal descripta. Reales preferencias de los padres, división
y reparto de un hijo para cada adulto, el maltrato, la indiferencia
y las crisis familiares potencian cualquier enfrentamiento fraterno
– filial.
En síntesis, la lucha de los hermanos por ser distintos entre
sí los enfrenta con el deseo y preferencias de sus padres.
El lugar de cada hijo en su familia no está dado por el orden
de nacimiento. Sólo la historia particular de su núcleo
le dará un basamento específico donde tallar activamente
sus vínculos con sus padres y hermanos.
Su rivalidad irá pareja con sus deseos de compartir, y su
ambivalencia de amor y odio por sus hermanos siempre existirán,
como en toda relación humana.
Cabe agregar un capítulo para los hijos únicos y los
niños de familias numerosas. Aquí la propiedad a estudiar
es cuantitativa: tener un hijo o muchos.
Más allá del absoluto derecho de los padres a decidir
el número de hijos, existe una imaginería muy particular
sobre el tema.
Las opiniones escuchadas jerarquizan la problemática del
hijo único en:
•
La exigencia hacia el niño de cumplir con todos lo deseos
paternos, constituyendo el único blanco de las demandas
de los adultos
• La soledad o la falta de compañía.
En
cambio, sobre los chicos de familia numerosa se insiste en el semi
abandono que padecen por falta de posibilidades materiales y temporales
de los padres.
Tomando el primer caso de un niño solo en la familia, es
de señalar como la supuesta soledad de ese hijo puede verse
compensada por una actividad social intensa. El estímulo
de los adultos lo hace más permeable a identificarse precozmente
con ellos en su habla y sus ideas, pero es función de los
padres el preservar esa niñez. Las exigencias patenas se
cierran o abren en uno o varios hijos, y no tienen porqué
ser mayores en un hijo único. El punto central son las razones
de la existencia de un solo hijo. Es muy distinta la elección
por razones económicas (“no quisimos”) de la
causalidad centrada en alguna enfermedad parental post primogénito
(“no pudimos”).
La
resignificación dada por el niño a este hecho es totalmente
diferente en ambos casos, y está fundada en el sentido otorgado
por sus mayores.
En los niños de familia numerosa se observan otros fenómenos.
El presunto abandono o falta paterna es compensado por la estimulación
y presencia de los hermanos mayores. Existe una tendencia a la independencia
precoz y a la solidaridad mutua, siempre y cuando el medio ambiente
lo permita. Cuando se hace hincapié en los trastorno de los
niños de familia numerosa, generalmente se omite informar
la clase social de pertenencia.
Los problemas psicosociales antes descriptos como la hipoestimulación,
son engendrados por la miseria antes que por el número de
hijos.
En resumen, los trastornos acarreados por un número determinado
de hijos forman parte de las posibilidades vitales de una familia,
pero no puede predecirse o rotularse a un hijo a través de
una cifra matemática
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Especialista
en Psiquiatría Infantil |
Servicio de Psicopatología Hospital de Niños
RIcardo Gutiérrez de Buenos Aires |
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