Dentro
de las leyendas habituales en nuestro medio cultural figura la extraña
costumbre de considerar los nacimientos de a pares como premonitorios
de problemas.
La aparición de mellizos o gemelos se ha convertido en un
“cuco”, como si se los sindicara de extraños
al orden natural, y por lo tanto merecedores de singular castigo.
La realidad presenta otro perfil, pues no hay ningún cuadro
patológico concreto basado en el exclusivo hecho de ser mellizos
o gemelos.
Al pasar a describir las dificultades para su crianza, podremos
comprender los posibles riesgos ambientales para ambos hijos.
Obviamente se juega en estos casos todas las fantasías de
los padres sobre el factor hereditario. Ambos niños pueden
ser distintos física y genéticamente (mellizos) o
exactamente iguales (gemelos). En los dos casos, comparten un hecho
psicológicamente muy significativo: nacieron juntos.
La herencia genética les da una base común con ciertas
tendencias posibles de desarrollo y hasta de conducta, pero es el
medio ambiente familiar el primer factor en la conformación
de su personalidad. En otras palabras, los mellizos y los gemelos
tienen posibilidades de elegir y ser distintos, y por lo general
lo son.
Las dos actitudes primarias de los padres frente a estos hijos oscilan
en un péndulo bipolar: igualación (hacerlos y tratarlos
lo más semejantes posible) y diferenciación (buscar
la máxima diferencia)
Ambas posiciones son normales, pues en general los padres se las
reparten, y cada uno de ellos asume la más conveniente a
su forma de ser.
Aun así, las reacciones de los adultos se mezclan y equilibran
dentro de sí mismos. Los problemas surgen cuando el juego
de equilibrio entre ambas posiciones se cristaliza en una actitud
predominante.
El criterio de igualación exacerbado determina una igualdad
compartida entre ambos hijos, donde ninguno es distinto pues forman
parte de una unidad (“2 en 1”). Ninguno puede funcionar
sin el otro y la interdependencia es total. Actúan, visten
hablan y se mueven como si cada uno fuera uno solo. Si uno de ellos
se independiza, el otro deviene un inútil y hasta pede enfermar
gravemente. Equilibrio con el medio es posible, pues dos hacen más
fuerza que uno. En última instancia, son “siameses
psicológicos”. Tienen su propio mundo de a dos, con
un lenguaje secreto inaccesible a los adultos. El “acompañante
imaginario” se convierte en una persona real y concreta: el
hermano.
La posición de diferenciación extrema puede producir
una disociación conflictiva: un hermano es el “bueno”
y el otro es el “malo”. Las palabras bueno y malo representan
un concepto totalmente subjetivo de ambos padres, donde lo deseado
es lo bueno y lo rechazado se convierte en lo malo. La situación
creada puede determinar un niño inteligente y buen alumno
con un hermano gemelo aparentemente tonto, con problemas de aprendizaje.
Cada uno de ellos se ha identificado con el deseo inconciente de
sus padres, y opera en consecuencia.
El equilibrio familiar determina la necesidad de esta creciente
disociación. Cuanto más brillante un hermano, más
opaca el otro, en un juego de figura y fondo tanto interdependiente
como en la igualación. De concurrir a la consulta, el hermano
elegido es el “malo” siendo el trastorno de origen familiar.
Estas tendencias se van delineando desde el nacimiento del par filiar.
En el caso de los gemelos, su igualdad física los convierte
en un posible blanco para tratar su crianza en bloque (comer juntos,
dormir juntos, vestir e intercambiar las mismas prendas). Esta posibilidad
es tentadora par ala tranquilidad materna abrumada por dos bocas,
dos llantos y dos demandas. La continencia del padre y la familia
extensa (tíos, abuelos) puede ayudar haciéndose cargo
del compartir la tarea cotidiana; en tanto y en cuanto no se manifieste
una preferencia definida hacia uno de los hijos. De suceder así,
el resultado no deseable es la división entre un hijo criado
y preferido por la madre y otro que deberá arreglarse con
“lo que sobre”.
La presencia de mellizos facilita la diferenciación, pero
presenta los mismos riesgos descriptos.
Los adelantos técnicos, permiten la detección precoz
del embarazo gemelar por parte de los obstetras. Desaparece la sorpresa
del parto, y aumentan las posibilidades de un trabajo previo de
preparación para la crianza con ambos padres.
Es recomendable el contacto preparto y el comienzo precoz de la
orientación a cargo del futuro pediatra. El especialista
en psicopatología tiene su lugar en interconsulta, o en casos
de patología familiar complicada previa que imposibilite
una contención pediátrica efectiva.
Existe un criterio popular de aceptación y hasta del provecho
redituable de la situación (un gemelo dando examen por ambos).
La realidad encubierta es más complicada, pero no necesariamente
dramática si los criterios de prevención se aplican
en forma precoz y eficaz.
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Especialista
en Psiquiatría Infantil |
Servicio de Psicopatología Hospital de Niños
RIcardo Gutiérrez de Buenos Aires |
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