El
vertiginoso avance de la Ciencia en los últimos años,
ha permitido la detección de trastornos aún antes
del nacimiento, así como el diagnóstico precoz de
diversas enfermedades.
Detectar
el problema es un primer paso muy importante y saber qué
hacer con él, un verdadero desafío. Los diagnósticos
debieran servir para abrir caminos y no para cerrarlos, y así
lo concebimos los profesionales que trabajamos en Estimulación
Temprana.
¿Qué
es la Estimulación temprana?
Es
una disciplina terapéutica clínica, que trabaja con
bebés que han sufrido factores de riesgo a nivel biológico-emocional-social,
ya sea durante la vida intrauterina, en el momento del parto o después
del nacimiento; siempre en momentos estructurales del sistema nervioso.
Los riesgos pueden ser múltiples y su impacto en el desarrollo
depende del momento evolutivo en que se producen.
Las
enfermedades cromosómicas como el Síndrome de Down;
las malformaciones cerebrales, la ingesta de medicamentos teratogénicos
que afectan al feto durante el embarazo; la hipoxia o sea la falta
de oxígeno durante el parto; las fallas congénitas
del metabolismo; las infecciones como la meningitis; la desnutrición
severa, son algunas de las que constituyen severos riesgos para
el normal desarrollo del bebé.
Por
eso decimos que un tratamiento de Estimulación Temprana no
es para cualquier bebé, sino para aquellos que presentan
problemas en su desarrollo. Por lo tanto sólo tiene sentido
indicarla en los casos en los que hay un problema instalado en el
cuerpo del bebé, un problema presente que compromete su futuro
desarrollo. La causa podrá ser orgánica o psicológica
pero necesariamente deberá expresarse en el cuerpo del bebé
y/o en sus conductas.
Ahora
bien, ¿se puede trabajar con un bebé sin sus padres?
Definitivamente no. El bebé no es sin sus padres.
La Estimulación Temprana se introduce directamente en el
núcleo de la relación madre-hijo. Por eso creemos
que una disciplina de estas características debiera estar
abierta, además, a bebés “sanos” cuyas
mamás presentan dificultades para establecer el vínculo
con ellos. Pensamos en mamás que atraviesan situaciones personales
como puede ser el haber encarado la maternidad solas, o madres que
sufren estados de depresión o aquellas que, por su propia
historia, no pueden ejercer la función materna adecuadamente.
Los padres son los que posibilitan que vayan aconteciendo cada una
de las múltiples experiencias por las que va transcurriendo
la vida de su hijo. Experiencias que dejan huellas. No es lo mismo
que el bebé se encuentre con esa agradable sensación
que le provoca la ingestión de la leche, al mismo tiempo
que recibe la mirada de unos ojos que lo acarician y unos brazos
que lo sostienen cálidamente, a que si la leche le llega
a través de una mamadera sostenida por un soporte mecánico
a los fines de la ingesta y en función a un cálculo
de las necesidades nutricionales.
En condiciones normales la mamá sabe que el bebé no
forma parte de su cuerpo sino que es un ser independiente y es necesario
preguntarse qué es lo que necesita para poder ofrecérselo.
Esta pregunta se interrumpe cuando aparece una patología.
Los padres se cuestionan acerca de qué necesitan “estos
chicos” anulando así toda posible singularidad de experiencias
y contacto espontáneo con su hijo porque suponen que son
otros los que saben de “estas cosas”.
Independientemente
de las historias y características personales de cada papá,
hay un denominador común en todos: la conmoción al
recibir la noticia de que su hijo presenta algún trastorno.
El diagnóstico moviliza e impacta y deja por cierto tiempo
un clima de desconcierto y angustia. Se abren interrogantes respecto
al futuro que no tienen respuesta inmediata.
Un
ejemplo que nos ofrece la clínica es el caso de los papás
de Julieta, una beba de 8 meses que padece Síndrome de Down.
Ellos conocieron el diagnóstico de su hija en el instante
posterior a su nacimiento. “Sentí que el mundo se me
venía encima”, relata la mamá cuando recuerda
ese momento. “Yo no pude reaccionar hasta unos días
después”, comenta el padre. Lo que ambos rescatan como
paso primero y fundamental fue la inmediata orientación recibida
por parte del Equipo de Neonatología, abriéndoles
un panorama de acciones posibles de ahí en más. Una
de las primeras medidas fue ponerlos en contacto con el equipo de
Estimulación Temprana, de manera de empezar cuanto antes
con la ardua tarea de convertirse en papás de esta hija “diferente”.
El
terapeuta sabe que no existe una única respuesta; son los
bebés y sus papás, junto a él, los que llevan
adelante la sesión. Se acomodan en el piso; el bebé
juega a lo que quiere jugar y los padres hablan de lo que quieren
hablar. La tarea es acompañar, sostener, escuchar, esperar.
Es brindar un espacio, un tiempo, una forma de mirar, un juguete,
una palabra.
Lo
importante es que los papás sepan que uno de los objetivos
centrales del trabajo será propiciar el pasaje del bebé
a niño. Y lo esperable como final del tratamiento que acaba
de empezar, es que pueda surgir un hijo que desee hacer las cosas
que hacen los nenes chiquitos, reavivando el deseo en los padres,
que tal vez comenzaron la experiencia pensando que con este hijo
ya nada iba a ser posible.
En
el caso de Facundo, un bebé prematuro, nacido en la semana
29° de la gestación los papás tuvieron que enfrentarse
a la interrupción abrupta del embarazo sin ninguna causa
aparente. De ahí en más, se vieron inmersos en un
ambiente de alta complejidad médica como es la Unidad de
Terapia Intensiva Neonatal, sin saber cuál sería el
futuro de su bebé y cómo podrían vincularse
con él siendo tan frágil y estando conectado a todo
tipo de aparatología. La intervención del Equipo de
Estimulación les permitió a los padres expresar y
elaborar sus temores con respecto a la sobrevida y la salud de su
bebé. Además los ayudó a relacionarse con su
hijo respetando sus modalidades personales. Se les mostró
que acercarse a su bebé, además de no producirle ningún
riesgo, generaba respuestas beneficiosas en él.
La
Estimulación Temprana se plantea como objetivo central que
el bebé pueda convertirse en “hijo” a pesar de
sus dificultades. De ninguna manera un bebé “es”
la patología que padece, sino que tiene un nombre que le
es propio. Julieta no es Down, sino que es Julieta y padece Síndrome
de Down.
La tarea que les proponemos a los padres no es sencilla. En principio
implica ponerse de luto por el hijo que no es el que soñaron
tener para luego descubrir las potencialidades latentes de su bebé,
pese a los problemas con los que ha nacido.
Si
creemos que estimular es nada más que medicar o hacer ejecutar
una serie de ejercicios, previamente establecidos y acordes a la
edad madurativa, nos quedamos a mitad camino.
Lo que está puesto en juego es el armado psíquico
de “ese” niño a pesar de sus inhabilidades del
orden de lo biológico. El bebé es alguien que se está
estructurando como persona y nuestra tarea es oficiar de puente
entre él y sus papás para que puedan amarlo y aceptarlo
por lo que es.
Lo
que esperamos después del largo y por momentos penoso recorrido
es que ese bebé que llegó a nosotros como un “síndrome”:
Down, Rett, Williams; pueda ser portador de un nombre y un lugar
propios dentro de la familia; que logre desarrollarse como un ser
autónomo a pesar de sus déficits y a partir de sus
posibilidades individuales.
Lic. Rosa Ocaña
rosaocania@gmx.net 
Lic.
Carmen Villanueva
estivi@fibertel.com.ar |