I- Trastorno de déficit de
atención e hiperactividad
Hoy
iniciamos la primera de una serie de notas, en las que iremos reflejando
algunos de los problemas habituales en la infancia, que tienen como
común denominador una confluencia de factores orgánicos
y emocionales en su aparición.
Nuestro enfoque será multidisciplinario, a partir de la idea
que el ser humano es una unidad físico-psico-social. Justamente
la salud implica el difícil equilibrio de estos aspectos.
El
trastorno de déficit de atención e hiperactividad
es un buen ejemplo de lo hasta aquí expresado y a él
le dedicaremos nuestra atención.
Este trastorno aqueja a un porcentaje a ser tenido en cuenta de
la población infantil y hace su aparición en una fase
temprana de la vida del niño, persistiendo en el tiempo.
Su remisión no siempre es total.
¿Cómo
reconocerlo?
Lo
habitual es que se den juntos una marcada hiperactividad, déficit
en la atención y conductas impulsivas con el agregado de
labilidad emocional y resistencia a aceptar medidas disciplinarias.
Este
conjunto termina afectando distintas áreas de la vida del
niño, como por ejemplo, el ocasionarle un mal desempeño
escolar y relaciones perturbadas tanto con los adultos como con
los compañeros.
Pasaremos
a describir ahora, cada uno de los signos que configuran este trastorno.
Los
niños hiperactivos se manejan con un alto monto de inquietud,
diríamos excesiva, afectando también a los que están
cerca de ellos.
Mantienen
un ritmo continuo de movimientos difíciles de detener: corren
precipitadamente, hablan mucho, no pueden permanecer sentados, inician
una actividad para dejarla y comenzar otra y lo más llamativo
es la falta de temor a un posible peligro o castigo.
Lo
característico de los niños impulsivos es su incapacidad
para la espera, el interrumpir permanentemente al otro, responder
antes de que se termine de formular la pregunta, el descontrol y
la falta de límites.
El
déficit de atención genera una serie de dificultades
a nivel de la concentración.
Los niños que lo padecen parecen estar siempre en otro lado;
no escuchan del todo las consignas y por ende no pueden seguir las
instrucciones.
El
cuaderno presenta hojas en blanco, tareas incompletas y numerosas
notas de los maestros.
Como
el rendimiento escolar no es el adecuado, muchas veces se llega
a pensar que estos niños tienen fallas intelectuales o problemas
de visión o audición.
Generalmente
la escuela solicita a los padres una consulta profesional.
¿Qué hace el profesional
consultado?
En
primer lugar realiza una historia clínica cuidadosa obteniendo
información de padres y profesores, que conocen bien al niño.
Lo importante de esta información es obtener datos de diferentes
personas y ámbitos comprometidos con el niño, a los
fines de contar con una apreciación lo más objetiva
posible. Los cuestionarios específicos estandarizados, por
ejemplo, son de una gran ayuda para la detección del problema.
Importa investigar la cronicidad de la perturbación, pues
muchas veces acontecimientos agudos (muerte de un familiar, separación
de los padres, nacimiento de un hermanito, mudanza), generan un
tipo de respuesta semejante, pero obviamente circunstancial.
El
pediatra, que conoce el desarrollo del niño por su atención
continua, es el que se halla en las mejores condiciones para efectuar
el diagnóstico inicial.Su
mirada se centrará fundamentalmente en los aspectos orgánicos,
sin descuidar por ello los factores ambientales, y derivará
a los especialistas que considere necesario: neurólogo, oftalmólogo,
foniatra, psicólogo.
El
psicólogo prestará particular atención a las
características intelectuales y emocionales del niño
y a la dinámica del grupo familiar.
En el caso del niño evaluará su nivel intelectual
y su madurez emocional. Aspectos tales como la capacidad de espera,
cierta tolerancia a la frustración, el grado de motivación
para la realización de tareas y la capacidad de concentración
son muy tenidos en cuenta a los fines del diagnóstico y eventual
tratamiento.
Finalmente evaluará el grado de contención que desarrolla
la familia y su capacidad para prevenir los desbordes descontrolados
de este niño difícil y a ayudarlo a serenarse con
la palabra firme y el gesto afectuoso.
Este
trastorno es complejo por los múltiples factores que inciden
en su aparición. Con el tratamiento adecuado, generalmente
médico-psicológico, el niño recupera en buena
parte su capacidad para aprender y estar con otros y los padres
la calma perdida.
Dra.
Agustina Lanöel , pediatra. |
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Lic.
Rosa Ocaña, psicóloga
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