El
ántrax o carbunco es una vieja enfermedad infecciosa que
afecta fundamentalmente a animales, y que puede transmitirse al
hombre.
Es
producida por una bacteria llamada Bacillus anthracis (ántrax
es una palabra derivada del griego y significa carbón o negro,
color que tienen las lesiones que provoca este germen en la piel).
Esta
bacteria existe en forma vegetativa y es capaz de producir esporas,
que son las formas resistentes y latentes de la bacteria, y que
contaminan los suelos. Las esporas pueden vivir durante años.
La
enfermedad en el ganado puede prevenirse por medio de vacunas, que
son muy económicas y efectivas. Se aplican habitualmente
durante la primavera.
El
hombre adquiere la enfermedad en forma natural por contacto con
animales o productos de animales contaminados. Existen tres formas
clínicas: el ántrax cutáneo, inhalatorio y
digestivo.
Antrax
cutáneo
Es
la forma más frecuente y benigna. Produce lesiones negras
que, tratadas con antibióticos, en general suelen controlarse.
Antrax
inhalatorio
Es
la forma más grave y muy poco frecuente. No se recuerda que
se haya presentado algún caso en el país por lo menos
en los últimos diez años. En E.E.U.U., el último
enfermo se observó en 1978. Por ello, la aparición
de casos, como los ocurridos recientemente en Florida, es alarmante
y sospechoso de que pudiera haberse originado en un ataque criminal.
Antrax
gastrointestinal
También
es muy poco común. Se lo describe más en Asia y África
y es provocado por la ingestión de carne contaminada no bien
cocida.
Las
investigaciones sobre la posibilidad de usar el ántrax como
arma biológica comenzaron hace ya más de 80 años.
Sin
embargo, hasta ahora excepcionalmente se lo ha utilizado como tal,
en forma de aerosol. Hasta el hecho de Florida, los antecedentes
que existían sobre el tema eran los ataques -por lo menos
en ocho ocasiones- sobre Tokio, que no causaron enfermedad, lanzados
por el grupo terrorista japonés que en 1995 utilizó
como arma química el gas Sarín en un subterráneo,
y también la liberación accidental de aerosol de ántrax
en una unidad militar microbiológica de la ex Unión
Soviética, en 1979. A raíz de este accidente se produjeron
79 casos y murieron 68 personas, lo que demuestra el potencial letal
de los aerosoles de ántrax.
La
OMS (Organización Mundial de la Salud) estimaba, en la década
del 70, que el daño causado por lanzar de 50 a 100 kg de
aerosol de esporas de ántrax sobre una población podría
ser muy importante.
Sin
embargo, refería que llevarlo a la práctica no resultaba
ni económico ni sencillo.
En
los EE.UU., a raíz de los problemas potenciales que podría
originar el uso de armas biológicas, en mayo de 1999 se confeccionaron
recomendaciones producidas por consenso sobre las medidas por tomar
después del uso del ántrax como arma biológica
contra la población civil.
En
este consenso trabajaron representantes de los mejores centros académicos
de EE.UU., del gobierno militar, salud pública e instituciones
de emergencia.
Entre sus conclusiones se destacan:
1)
La posibilidad de un ataque terrorista con materiales biológicos
es difícil de predecir, detectar o prevenir.
2)
La producción y aplicación del ántrax como
aerosol requiere avanzadas facilidades biotecnológicas.
3)
Es importante el alerta clínico para realizar un diagnóstico
precoz frente a la aparición, en un mismo lugar, de pacientes
con manifestaciones respiratorias de fatiga, fiebre, tos, cefaleas,
o con radiografías de tórax que presenten alteraciones
en el mediastino (parte central de la radiografía) seguidos
de un curso severo de insuficiencia respiratoria, hemorragias
y meningitis. Esta es la presentación de la infección
que pueden producir las esporas de ántrax a través
de ataques criminales.
4)
Deben utilizarse antibióticos adecuados (penicilina, doxiciclina
y/o ciprofloxacina) rápidamente, frente a los casos de
sospecha clínica.
5)
Ante la posibilidad de contacto con el germen, las personas del
lugar afectado pueden prevenir la enfermedad con algunos de los
antibióticos antes mencionados, administrados durante 60
días.
Dr.
Daniel Stamboulian
Presidente de FUNCEI (Fundación
del Centro de Estudios Infectológicos) y de FIDEC (Fighting
Infectious Diseases in Emerging Countries, Fundación para
la Lucha contra las Enfermedades Infecciosas en Países Emergentes).
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