La
particular duración del ciclo vital, determina la posibilidad
del contacto con la muerte en el curso de la vida de un niño
a través del fallecimiento de un pariente cercano.
Los abuelos son las personas más expuestas por su edad y
problemática específica. El manejo de esta especial
situación requiere un breve enfoque previo sobre la evolución
de la idea de muerte en un niño.
El concepto principal está dado por la imposibilidad del
ser humano de tener una representación psíquica de
su propia muerte. No es posible imaginar lo que nunca sucedió.
Pero la muerte de parientes, amigos o personas cercanas y queridas
ofrece un substituto destinado a llenar ese hueco.
Un chico tiene sus propias ideas sobre este tema. Para un hijo pequeño,
la muerte tiene su equivalente en la fantasía de ser abandonado
por sus padres o la pérdida de su amor. En otras palabras,
la posibilidad del pasaje a la realidad de estos hechos imaginarios
despierta ansiedad y angustia pues representan lo peor que podría
pasarle.
En cambio un chico de 4 a 6 años la síntesis de todo
el mal posible es temor al daño corporal. Para el niño
en edad preescolar rige la fantasía de inmortalidad propia
y de los padres (“somos eternos...”).
La muerte a esa edad es comprensible y codificable sólo como
un homicidio (“nadie muere porque sí, sino porque otro
lo ha matado...”) con características de reversibilidad
(“lo mataron pero nacerá de vuelta...”).
Luego de los 4 años aparece la curiosidad enganchada con
el tema de la preocupación por la concepción y el
nacimiento, o sea, el cómo empieza y cómo termina
su vida el ser humano. A partir de los 7 años empieza a surgir
el concepto de finitud (“la vida termina en algún momento...”)
opuesto al de eternidad, consolidándose definitivamente en
la adolescencia.
El accedo a la idea de muerte se realiza progresivamente, mediatizado
por las creencias familiares y la cultura del medio. Las religiones
ofrecen diversas reinterpretaciones, pero nunca niegan el hecho
central del final de la vida, aún al defender la idea de
la resurrección o la reencarnación. Nadie discute
la existencia de la muerte, el punto crítico es su estatuto
y lugar. El manejo social en la cultura urbana occidental utiliza
de preferencia la negación, ejemplificada en el disgusto
frente a la sola mención del tema. Estas palabras llevan
a considerar el manejo familiar frente a un hijo en esta cuestión
tan espinosa.
Negar la muerte de un familiar, y mentir sobre su supuesta partida
(“se fue de viaje...”) es considerar al hijo como de
muy pocas luces.
Cualquier chico se da cuenta del llanto, la angustia, las ausencias,
las conversaciones a escondidas. Si no recibe información
tranquilizadora puede magnificar lo sucedido hasta convertirlo en
un hecho desproporcionado y terrorífico. Creemos necesario
insistir en la calidad de la información.
Sus características han de ser:
- La adaptación al nivel evolutivo del niño
- La formulación a cargo del adulto menos comprometido afectivamente
en un momento de calma y quietud.
- El respeto a la idea de finitud (no se discute la creencia en
otra vida, sólo se afirma la terminación de ésta
vida
- La aceptación del deseo del hijo de participar o no en
los rituales funerario (salvo expresa contraindicación
médica).
En un niño pequeño en edad preescolar la idea central
en la información es la ausencia del fallecido en forma de
un hecho definitivo (“no va a estar más con nosotros...).
La
curiosidad del hijo surge en el momento o mucho tiempo después:
(“por que se murió?...”) Las reacciones esperables
van desde compartir el llanto familiar hasta la aparente indiferencia,
pero una escucha atenta permite descubrir en los juegos posteriores
la aparición de escenas donde la muerte se hace presente
(“se enfermó la muñeca...”)
Ciertos temores infantiles pueden verse reforzados como el temor
a la muerte de los padres o la angustia frente a las heridas mínimas
cotidianas. Los trastornos del sueño se presentan a través
del insomnio, las pesadillas (“los fantasmas...”), o
el intento del colecho con los padres.
La elaboración de la muerte de un familiar cercano es difícil
para los adultos, por lo tanto no corresponde exigir en los niños
una entereza imposible de mantener.
Un capítulo especial son las nociones sobre el destino de
los muertos.
En otras palabras: ¿donde están los que no están?.
Las opciones para el niño son muchas, pero se ciñen
a dos ideas principales: el cementerio y el cielo. El cementerio
es un lugar concreto y real, donde los niños imaginan que
viven los muertes. Pero en un tumba sólo están los
restos de una persona, no vive dicha persona. El abuelo vivirá
en los recuerdos y en la memoria, en las fotos y en las anécdotas.
La visita a un cementerio es un hecho a sopesar cuidadosamente.
Es imprescindible la información previa sobre su estructura
y el porqué de la visita.
Participar en un momento de duelo familiar descontrolado no es lo
más aconsejable, a pesar del posible deseo del niño
de compartir la situación.
Considerar una tumba como un lugar de terror no ayuda a la elaboración
de un nieto del duelo por su abuelo, necesitándose la desmitificación
del cementerio del equivalente de horror.
Los temores al retorno de los muertos (“los fantasmas”)
pueden evitarse puntualizando la no existencia de los difuntos como
durmiendo en sus sepulturas (“si está durmiendo, pueden
despertarse...”)
En cambio el cielo, es un tema a primera vista más agradable
y hasta deseable. Pero debe quedar claro para el niño el
estatuto del cielo como una metáfora, donde se sintetizan
los concpetos de “otro lugar” fuera de la vista y el
alcance humanos en esta vida.
Es
común en los niños el imaginar el cielo como el último
piso de un gran edificio de departamento, donde se puede subir y
bajar cundo el chico lo desee.
Se refuerza el miedo al retorno de los muertos (“¿y
si bajan?...) y el interés de acceder al cielo como un paseo.
EL remarcar la imposibilidad de llegar al cielo en esta vida ayuda
a evitar situaciones riesgosas de búsqueda de la muerte como
el acceso a un paraíso venturoso.
La orientación del pediatra es un elemento a tener en cuenta
en el seguimiento del duelo familiar y sus consecuencias sobre los
hijos |